martes, 28 de abril de 2015

Esconder un vertedero: cómo intentamos ser buenos

Estamos todos en casa, recogiendo porque vienen invitados, y le digo a mi hija más pequeña que necesita despejar su escritorio.

Como todavía es pequeña, su "escritorio" es una mesita nido en un rincón del cuarto.

Me voy, pero me pregunto si me habrá entendido, y en menos de cinco minutos me llama con voz triunfal: —¡La he limpiado!

Viene corriendo al salón a por mí, me coge de la mano con urgencia y me lleva al cuarto para que lo vea yo misma.

Su mesita está, en efecto, impecable. Completamente despejada — y eso que hace unos instantes sostenía un monte precario de piezas de puzle, libros, cuerdas, muñecas, ceras, bolsos... Todo ha volado.

Sí, ha hecho el trabajo que le he pedido, pero no puedo evitar reír...porque ha conseguido meter todo lo que estaba encima de la mesa...debajo de la mesa...donde ahora no hay quien meta ni un dedo gordo del pie.

Para más inri, esta mesita nido es de esas de cristal y se ha convertido en el mirador perfecto del nuevo vertedero. Pero mi hija me está mirando con toda sinceridad y seriedad porque ha "cumplido" lo que le he pedido.

¿No es así cómo a menudo intentamos ser buenos nosotros? Barremos la superficie. Nos damos prisa por esconder esas cosas feas. Debajo de capas de sonrisas o logros donde no se puedan ver. Donde no estorben. Y no hablo solo de religiosos o de ciudadanos respetables que quieran mantener cierta buena imagen. También hablo de gente a la que supuestamente le da igual lo que puedan dictar las instituciones o las autoridades...todos queremos limpiar nuestra reputación a nuestra manera, tenemos algún código y una serie propia de faltas o fallos...o suciedad...que queremos enmascarar. Todos, en efecto, trabajamos por esconder el plumero, y en el fondo, pensamos que lo conseguimos.

Pero al igual que la mesita de mi hija, nosotros también estamos hechos de cristal — somos más frágiles de lo que nos imaginamos, y más transparentes de lo que nos imaginamos. Está todo ahí — lo puede ver Dios, y a menudo los demás también, aunque lo intentemos tapar y pensemos que hemos dejado una superficie impoluta, intacta. Jesús dijo que era imposible esconder lo que somos: "El que es bueno, de la bondad que atesora en el corazón produce el bien; pero el que es malo, de su maldad produce el mal, porque de lo que abunda en el corazón habla la boca." (Lucas 6:45)


El Viernes Santo histórico lo necesitamos porque para ser verdaderamente limpios, necesitamos que alguien sea bueno por nosotros desde los más hondo para afuera, que pueda sustituir nuestra vida imperfecta con una perfecta. Necesito al que fue perfectamente transparente — al que relucía tanto en la superficie como en el interior. Ya no tengo que esconderme porque Jesús ha cumplido todo por mí y llega al nivel de limpieza transparente que yo no puedo alcanzar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario