lunes, 17 de noviembre de 2014

The medicine words

Did you remember them today? Slip them in your purse, your backpack, your briefcase before you left home?

The medicine words: always have them on you, right next to your heart -- smooth words born of balm, yet strong enough to bind. 

Autodidact
Are you ready to walk in the wake and attend the injured? It may be your turn to arrive on the scene after the devastation. I'm afraid the play doctor platitude set is not apt for these emergencies. And the one-size-fits-all Bible-verse adhesives that you used to randomly slap on a patient? Best kept at home for minor injuries. Be sure that in your haste you don't accidentally pick up fancy commercial substitutes, hocus-pocus, really: glittery boxes of gossip pills or vials of flattery syrup that will have your patient up and smiling in no time yet doubled over in pain soon after.

As a wise doctor, you're called to listen painstakingly, honing in to the cues, asking the Holy Spirit for the correct diagnosis and the adequate prescription.

You will find healing words that immediately comfort, like a lemon-and-honey lozenge that melts on the tongue and soothes the inflamed throat. Other healing words will be bitter and hard to swallow, yet powerful to fight inner viruses.

Sometimes only one brief mending word is needed. Sometimes large doses of healing words must be administered at regular intervals throughout a long period of time.

Who is within your reach and feeling ill today because of disappointment, strife, envy?
Who is battered and struck down with live wounds?
Who is limping on twisted ankles or carrying the shards of a broken heart?

Whom can you heal with love today?

"The words of the reckless pierce like swords,
but the tongue of the wise brings healing."
Proverbs 12:18 (NIV)

martes, 4 de noviembre de 2014

La vía

Isaac Bowen
A ti que me dices que ya no crees, que ya no tienes a Dios en tu vida…

Te quiero susurrar que la vía es bidireccional.

Hace años conseguiste ese billete de ida sin cuestionarlo. Te subiste al autobús en buena compañía. Con Dios. Hacia Dios. Rodeado de los que iban con Dios.

Surgieron preguntas. Surgió la vida. En ese autobús en el que ibas no te respondieron de manera satisfactoria. En algunos casos, no solo insultaron tu inteligencia sino que hirieron la sinceridad de tu corazón.

Los pasajeros del autobús siempre son todos diferentes. Hay algunos que no piensan. Hay otros que tardan en pensar. Hay algunos que disfrutan vociferando en los asientos de atrás y otros que callan en los rincones, observando. Algunos pasajeros son tontos, muy tontos, pero inocentes, y otros son muy listos, y nada inocentes, y posiblemente se hayan colado sin billete.

A ti te acabaron agobiando todos, y de repente todo pareció más complicado. Te empezaste a marear en el autobús, las ventanas te aplastaban con su peso y los colores del paisaje se nublaban.

¿Quién era ese conductor al fin y al cabo?

Dios. No lo siento. No lo conozco. No lo quiero conocer. O sí…pero está tan lejos.

Te bajaste del autobús en plena carretera. De nuevo con la mochila a cuestas. ¿Fuiste de los que les costó pedir que el autobús parara? Quiero creer que sí. Quiero creer que tras bajarte, te quedaste anclado en el asfalto con los ojos inundados de lágrimas mientras pensabas ver que el autobús se alejaba y se hacía un diminuto punto en el horizonte. Creo que junto a tu suspiro de alivio temporal también tragaste una bocanada de terror. Diste media vuelta y empezaste a caminar en dirección contraria.

Por ese camino no vuelvo.

Y es cierto, no volviste.

Pero no es porque tú tengas tanta capacidad de decisión inmutable. Es porque en la vida, sencillamente, no volvemos porque no podemos. Cada paso es una huella imborrable en la Historia.

Sin embargo, hoy me acuerdo de ti con el corazón en la mano, y quiero recordarte que la vía es bidireccional.

Tú te alejas del corazón de Dios, pero su corazón no se aleja de ti.

El autobús que pensaste ver desaparecer en el horizonte en realidad se dio media vuelta y te espera en la siguiente parada...siempre en la siguiente, siempre en la que está delante de ti.

Nunca puedes llegar demasiado lejos.

Nunca es demasiado tarde mientras tengas aliento.

Nunca hay que volver a ningún sitio. Tus piernas ya están cansadas, y no te pueden llevar hasta allí.

No tienes que llevar más esa mochila con tus propios brazos hastiados. Solo tienes que dejarla caer y descansar, y Dios llevará esa pesada carga por ti.

Las preguntas se las puedes hacer a él. Todas. Sin temor. Sin vergüenza. Y con la confianza de que él valora tu manera de pensar y no te pide que aparques la inteligencia.

Su amor…nunca sabrás hasta qué punto llega…hasta que lo experimentes.

Te puedes fiar de él. Le puedes pedir lo imposible. Puedes saber que es real.

De tu boca sedienta, solo tiene que salir un “sí, quiero”, y él se encargará del resto.