domingo, 21 de septiembre de 2014

El autoinvitado que me había insultado

No entiendo por qué llamas a mi puerta si hace un rato me insultabas. Sé quién eres, sé que tienes todo el derecho, pero duele. Le has pegado una estocada certera a mi orgullo, y ahora resulta que quieres pasar a cenar, como si nada. Con amigos como tú, no necesito enemigo alguno. Me has llamado tibio. Me has dicho que soy vomitivo. Me has llamado un infeliz, miserable, pobre, ciego y desnudo. En cuanto a infeliz y miserable, te doy la razón, pero has hecho que sonara como si fuera mi culpa, cuando en realidad son mis circunstancias. Y ahora te presentas en mi casa, y tocas a la puerta y ¿esperas estar de cenita?

Vuelves a llamar. Me estoy haciendo el sordo. Sé que eres tú -- sabía a qué hora vendrías y cómo sonarían tus nudillos en la puerta. Sé que te puedo ignorar y que tú me dejas ignorarte, aunque fácilmente no puedo, con todos esos epítetos rondándome por la cabeza, quitándome las ganas de cenar. De hecho, ni he preparado la cena. Me he sentado a la mesa, acunando la cabeza entre las manos, dirigiendo todo mi rencor concentrado a unas florecitas del mantel.

Tu misma presencia tras la puerta me atrae y me repele. Sé que te encontraré si abro la puerta, mi esperanza y mi terror. Dios mío, si me has llamado pobre, ¿qué cena esperas encontrar? Si me has llamado ciego, ¿cómo quieres que vea para llegar a la puerta y abrirte y saber que eres tú? Si me has llamado desnudo, ¿acaso no crees que mi vergüenza impedirá que abra la puerta? ¿Qué cena esperas encontrarte en la casa del infeliz y miserable? ¿Acaso no vomitarás los mismísimos alimentos tibios que conseguiré presentarte?

No sé cuánto tiempo pasé hundido frente a la mesa. No sé cuántas lágrimas lloré. Pero al final me atreví a presentarme ante un espejo y verme tal cual era. Me atreví a mirar y a reconocer mi estado auténtico. Y era verdad, ni siquiera podía ver claramente mi suciedad y desnudez porque mis ojos estaban nublados. Aceptando mi estado tan pobre, pude vislumbrar algo de la necesidad de mi casa, la cartera vacía, la alacena despejada. Quebrantado mi ego y comprendiendo que un amigo es aquél que dice la verdad, acudí a la puerta para ver si mi intuición era correcta, si seguías allí, si siempre habías estado allí.

Viniste con luz y la pusiste en alto. Viniste con pan y viniste con vino. Viniste con agua y con lebrillo. Viniste con ropas blancas para cubrirme. Viniste con oro refinado y con colirio. Abrí la puerta, y entraste con todo ello. No ayunaste ni cenaste solo en la cocina. Te sentaste a mi mesa, frente a frente. Probaste los entremeses y me echaste el vino, usaste mi vajilla y mis cubiertos, me hiciste preguntas y me contaste más de un chiste, te enseñé fotos y te pregunté por tu vida, nos quedamos en silencio, y también lloramos, me diste el abrazo que tanto necesitaba, me bendijiste con tu presencia, llenaste la habitación, llenaste mi casa pobre con tu vivo perfume hasta el último rincón -- tu reprensión, por fin, un bálsamo sobre mis heridas.

(inspirado en Apocalipsis 3:14-22 y esta predicación)