miércoles, 9 de abril de 2014

Again

Another night of again.
Alone again.
I failed again.
Discouraged again.
Weary again.
Want to run again.
The empty again.
Problems again.
I didn’t again.
I can’t again.

But then…
Again.
Again is for

Kneeling again,
Accepting the broken again,
Exposing the pain again:
The loss,
The fetters,
The idiocy,
The sin,
The excuses.
Undiverting the gaze
Unflinching,
Numbering,
Naming,
Forcing it all out of hiding.

Again is for
Repenting,
Apologizing,
Opening grasp,
Reaching skyward,
Releasing,
Cupping hands,
And receiving

Again, and again, and again.

Funny what was done once for all
Serves every single one of my agains.
Would I live on for eons
In this miserable hit-and-miss
Not even my billion agains
Could remotely hint at rippling
The infinity of his once-for-all.


"And by that will 
we have been sanctified
through the offering 
of the body of Jesus Christ 
once for all."
(Hebrews 10.10, ESV)

martes, 8 de abril de 2014

Mi adopción es real

Como seguidora de Jesús intentando plasmar su fe en el día a día, intenté llevar a Dios Padre el dolor que azotaba mi corazón esa noche. Me sentía abandonada por alguien que se suponía que siempre estaría conmigo, siempre me comprendería, siempre. Todo se exacerbaba porque no eran meros sentimientos – en la práctica, con palabras, gestos, acciones, realmente me estaba abandonando.

Intenté pensar en la vida de Jesús en la tierra.

—No funciona—le dije a Dios. – Si es que él…si, por ejemplo, no le comprendían sus padres, sus amigos, sus discípulos, familiares, vecinos…siempre tenía esa relación tan estrecha contigo. Era lo que le llenaba.

—Claro, porque tú…como hija mía y hermana suya…tienes una posición inferior.—me dijo con ironía.

—¿Qué?! Pues…

Y de lo maravillosa que era la idea, me llenó de terror y gozo y asombro a la vez. Todo lo que tiene Cristo, lo tengo yo. Mi adopción es real. La comunión que puedo tener es la misma que tuvo Jesús con su Padre. No es menos Padre mío, ni nunca lo será.

domingo, 6 de abril de 2014

¿Quién traicionó a Jesús?

En la biografía de Jesucristo leemos sobre sus dos grandes traiciones: la traición del que le entregó a las autoridades por un precio (Judas) y la traición del que le negó (Pedro). Sin embargo, Jesús estando clavado y sufriendo en la cruz dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. ¿A quién se lo dijo?
A los que le clavaron.
A los que le condenaron.
A los que le insultaron.
A los que gritaron, “¡Crucifícale!”
A los que le golpearon.
A los que le escupieron.
A los que huyeron.
A los que se durmieron en su hora más agónica.
Al que le negó.

Pero ¿a quién más se lo dijo? ¿Perdonó a alguien más por no saber lo que hacía?

Este primer grupo de traidores se puede contar. Fueron tres los que se durmieron en su hora más agónica. Serían dos o tres los que le clavarían. Diez los que huyeron. Uno el que le negó. Uno el que le traicionó. Uno el que le condenó. Un grupo de líderes religiosos los que instigaron a la multitud que gritaría su condena. Otro número los que le insultaron directamente, o le pegaron sin piedad, o le escupieron encima. Una por una, personas concretas, vivas y reales en la historia.

Pero existe otra traición sin número, entre la cual me encuentro yo todavía, lamentable mi frecuencia.

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

¿A qué otro grupo de traidores se lo dice?

A los que callaron.

A los que enmudecieron por no dar la nota, por salvarse el pellejo, por ser prudentes, por mantener intacta su reputación, por proteger a sus familias, por alguna duda latente, por no hacer el ridículo, por impotencia, por sueños rotos, por ignorancia.

Fue una noche de traición completa, y se cubrieron todos los niveles posibles de traición, desde la alta traición hasta la traición del silencio, la más común de los seres humanos, la mía.

Fue una noche de sustitución completa, pues ante el amplio espectro de traición, Jesús fue capaz de responder: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” y murió por toda traición de la raza humana.

miércoles, 2 de abril de 2014

Por fin, buenas obras sin aburrimiento

Buenas obras. Huelen a mustio, a naftalina. Su tacto es incómodo, religioso. Voy a decirlo bajito, porque soy cristiana: el término “buenas obras” me produce sopor.

El problema de las buenas obras es que en mi mente se han anquilosado en un término de glosario. Tienen que encajar en ciertas categorías: cada una va acompañada de una cajita que puedo marcar “sí” o “no”. Son atemporales, generales, impersonales, y generalmente tienen más que ver con los dones y los talentos de los demás que con los míos propios.

Siendo así tan sumamente aburridas, las ignoro, que tampoco es sano. Pero ahora me pongo a indagar un poco, de nuevo.

¿Qué quiere Dios de mí?
Sinceramente, ¿quiere que me aburra como una ostra?
Sin quitar el mérito de aprender de otros, ¿que siga el patrón de las buenas obras de los demás, pero sin entusiasmo?
¿Y qué esperanza me proporciona esta visión de las buenas obras en este mismo momento, cuando estoy tan hastiada de mi repetitiva vida cotidiana, de las tareas con las que sirvo a mi familia o a mi jefe, del mismísimo suspiro de aburrimiento…?
“Pues somos la obra maestra de Dios. Él nos creó de nuevo en Cristo Jesús, a fin de que hagamos las cosas buenas que preparó para nosotros tiempo atrás.” (Efesios 2.10, Nueva Traducción Viviente)
Me llama la atención que si lo miro bien, el lenguaje de Efesios capítulo 2, versículo 10, es artístico. Respira genio, planificación, sueño, color, visión, creatividad, propósito, diseño, magnitud, perspectiva, destreza, luz, inversión, detalle, significado, comunicación, sentimiento, profundidad. “Hechura suya” en la versión Reina Valera, “obra maestra” en la NTV. 

Para que una obra sea maestra, ha de cumplir unas condiciones, 
“ser producto de una destreza técnica y estética llevada a su punto culminante, ubicado siempre entre el polo del ascetismo y de la escasez de medios que consigue crear un mundo complejo de significados, y el polo de la alta densidad de recursos y formas que logran comunicarnos una verdad simple y fundamental no percibida hasta entonces,” dice José Emilio Burucúa, miembro de la Academia de Bellas Artes de Argentina, y por otro lado “hacer patente, con la colaboración de nuestro esfuerzo por entender, una experiencia compartida, que el horizonte cultural del que la obra ha salido juzga como una asociación de sentidos y emociones fundamentales de su vida social e histórica”. (¿Qué es una obra maestra? EL PAÍS, 11 de mayo de 2012)
Me encanta esta definición del sr Burucúa. ¿Cómo es que se puede tener una visión detallada de lo que es una obra maestra humana, y no somos capaces de entender y vivir la visión de la obra maestra de Dios? Dios está invirtiendo toda su destreza en nosotros, llevada hasta el punto culminante, al “más no poder” (sólo hay que mirar a la cruz de Cristo). Consigue crear un mundo complejo de significados, pero logra comunicar, a través de nosotros, una verdad simple y fundamental no percibida hasta entonces: su amor redime. El Gran Artista hace patente una experiencia compartida, entra en nuestra historia humana, lo engloba todo y yo…estoy sumergida en su magnum opus viviente.

Dentro de esa obra maestra, existe una forma de ser, de vivir, dice Efesios 2.10. Dice que el Artista por excelencia me ha hecho nueva para hacer cosas buenas que planificó para mí hace mucho tiempo. No son cosas buenas que yo genero, imagino o plagio sino que forman parte de esta obra maestra total y de la nueva naturaleza que ha puesto en mí (“norma de conducta”, aclara la versión La Palabra). Si él está invirtiendo en mí cual artista, no me va a dar unas tareas sacadas de un libro, no va a ignorar mi pigmento particular o la totalidad de mi vida ni el fin de su obra maestra.

Si yo preparo una actividad para mis hijos con mucha antelación, antes de que siquiera se lo imaginen, lo hago con emoción, con gusto, al dedillo, conociendo la personalidad de cada hijo, anticipando su reacción, recreando el efecto total en mi familia, planificando todo lo que hará falta.. ¡Cuánto más Dios!

Él es el artista de infinita creatividad, el artista maestro por excelencia, conoce a sus creaciones en su creación. Lo que él tenga para mí en ese marco, yo lo quiero.

Esta visión hace que no ande por la vida predispuesta a mis ideas sobre las buenas obras, sino predispuesta hacia el corazón del Artista. ¿Qué pinceladas va a dar hoy? ¿Las veré? ¿Tendré el privilegio de terminar el día con mis manos manchadas de un bello azul cobalto?

martes, 1 de abril de 2014

Putting on blinders for a purpose

Going to him, Jesus. It means dropping the mop. Leaving the piles of laundry, folded and unfolded, around the living room, the ironing board up, the dishes in the sink.

It means leaving not only the work but the possibilities as well. Perhaps less frequently: tuning out, relaxing, watching TV, chatting.

“Come,” he cries.

And I try to run now, now that I’ve been broken and lost for some time, now that I know that he’s where I need to go.

I close the windows, the e-mail windows. I put on side blinders, like a horse, so I can only see the screen and the book and the Bible in front of me. To the right, the address book, the girls’ barrettes to put away, the gift due half a month ago that I never sent. To the left, the skewed papers, the husband’s train tickets, the bank statements, the to-do list in big letters on top of the to-do list in small letters, the phone in airplane mode, and more laundry I didn’t get to put away.

I’m not proud of my mess or easily relaxed about it. As a perfectionist, to listen, drop and run towards Jesus’ voice regardless of the rest feels like shirking duty. I would love to pick it all up first. But I’ve finally come to admit that it will not ever be done before I can come and sit and listen. That my circumstances will never be perfect for learning. This is my duty: to attend the urging to listen. Listen and live. Listen and change. Listen and love. Listen and…know him.

Doesn’t he call all day long? Yes. But quite frankly, I have a hard time really listening to my husband or children or friend when I’m madly running around the house or computing lists in my head or answering work e-mails. And that’s why we have breakfast with a husband or cuddle with a child and her favorite book or order a coffee with a friend. And all the while, we put those blinders on, like the horse, to look forward into their eyes and not get sidetracked, get the jitters, veer off the road...

So here I am.